
[1] “Se puede hablar de todo lisa y llanamente si la suspicacia no se empeña en ver ocultas impertinencias o simples chafalditas. En esta divagación, casi pueril, no caben malicias y confío en que nadie las suponga.
Si pasma la Rota-Base, valorada en tres mil millones de pesetas, no conmueve que con el tiempo –“si el tiempo no lo impide”- pase a ser de nuestra exclusiva propiedad. No se le ve gracia ni provecho a cientos de miles de toneladas de hormigón fraguado para fines que pudieron explicarse entonces; antes de que las fortalezas volantes se posen en cualquier sitio con blandura de pájaro y que las naves –todas submarinas y atómicas- encuentren base en cualquier fondo de los inmensos océanos.
Aunque nada alivie porque de nada tiene que aliviar, complace el recuerdo del pueblecito que el cómputo acelerado del Progreso y de la “Guerra fría” obliga a llamarlo viejo cuando más niño parece, acurrucadito al borde de una entelequia gigante y extraña.
En la punta septentrional de la bahía gaditana, Rota mira al Suroeste desde un elevado cantil a plomo sobre la playa. En lo más alto parpadeaba un farito que, en el telón de la noche, lucía más que las estrellas. El caserío rodea al castillo y refulgen al sol como topacios engastados en plata: joyel del marqués de Cádiz, duque de Arcos y señor de un pedazo de litoral a lindes de la Casa de Medina Sidonia, que, desde sus torres de Sanlúcar, medía por leguas sus tierras sin hitos y sus ambiciones sin dique.
Catada, como es obligatorio, la olla de la Historia Grande, pinchemos con palillo en los pequeños apuntes.
Si su situación geográfica parecía imponerle compromisos marineros, Rota fue, hasta ayer como quien dice, “eminentemente agrícola”. Y mejor, próvidamente hortícola, porque los melones, sandías, calabazas, pepinos, cidras y, sobre todo los tomates, otorgaban al pueblecito la categoría de base comarcal de este género de productos. Todos los años por primavera acucia recordar la alta ley de su excelencia. Justo será loar el sacrificio de su extinción en aras de la defensa de Occidente. Y si esto último no se ve muy claro, será por falta de esa agudeza interpretativa que los observadores y expertos han nutrido y pulido al munífico calorcito de la “guerra fría”.
No es aventurado suponer que en los terrenos arenosos de Rota se sembraran las primeras simientes de tomateras y es indiscutible que sus frutos, de la variedad “Monstruo”, campan de golpe en el mercado, y el comarcal absorbe toda la producción.
Apenas descubierto el Nuevo Mundo, las papas y los tomates comparten con ajos y cebollas la responsabilidad culinaria del Mundo Latino. Y si Parmentier ennoblece a las papas, roteña fue la cocinera que hizo del tomate algo más que vianda, manjarejo, compango y salsa; ¡gollería! Luego, el buen sentido lo estimó comodín de guisos.
Conviene demostrar lo de “gollería”.
Es tradición que cierta vez, hace un siglo o más, pernoctó en Rota el Obispo de Cádiz, y averiguado que Su Ilustrísima y séquito distraían la colación con chocolate, ordenó el alcalde hacerlo a su cocinera. No les sería familiar el reconfortante lamín, cuando ésta le preguntó a su amo que se le echaba al “majaillo”.
-Agua, mujer; agua-le respondió encogiéndose de hombros.
Aturrullada la pobre cocinera acudió a la más afamada del pueblo para ratificar y rectificar la receta del alcalde, expeditiva y concisa en demasía.
La escuchó la sabia, que repuso con despectiva conmiseración:
- ¿Agua nada más? Qué atraso, hija, qué atraso, ¡y en todo un señor alcalde! Hazte cuenta que si le quitan al chocolate el tomate, le quitan toda la gracia.
No es descabellado lo que parece absurdo, y quien sabe si en esta apreciación radican ciertas maravillas como el rechupeteado “civet” de liebre, la chota en salsa mulata, la langosta a la americana y otros guisos por el estilo de la altísima cocina cosmopolita.
El pueblo, que sabe de sus quisicosas más que sabía Briján de lo que supiera, canta “por alegrías”:
“Un hombre sabio de Rota
pregonó sus experiencias:
Plantar tomates, criarlos
y comerlos a conciencia.
Y el estribillo, que tiene conquibus.
Si a Rota le apuntaran
las baterías,
a tomatazos Rota
las hundiría.”
Si la Diplomacia ha resuelto con trufas del Perigord muchos conflictos internacionales, no hay razón para negarle a los tomates roteños análogas posibilidades. Desde luego no puede dudarse de su influencia en la región que inundaron. A partir del canto de los grillos, ¡que monumental acervo de gracia popular y de sabiduría extrapopular superfirolítica! Sin que la certeza de tal estímulo menoscabe el del vino nuevo de Chiclana y la manzanilla de Sanlúcar y el tintillo, también roteño, que de siempre compartieron el pan con los fabulosos tomates al natural o transformados.
En fin; ¡Qué le vamos a hacer! El jamón serrano de la horticultura andaluza yace bajo una espesa capa de progreso. Y porque no es posible que reviva, será piadoso recordarlo”.
- [1] El poeta y escritor José Carlos de Luna nació en Málaga en 1893 y falleció en Madrid de 1964. Vivió en Algeciras y en un cortijo cercano a La Almoraima, Castellar. En 1957 obtuvo el premio de periodismo “Gibraltar Español” por su trabajo titulado Gibraltar es de España. De entre sus numerosas obras publicadas destacaremos algunas de tema gaditano, tales como Historia de Gibraltar, Peces de los litorales ibérico y marroquí y su pesca deportiva, y Gibraltar ante las armas, la diplomacia y la política. El artículo aquí recogido fue publicado en la revista “Blanco y Negro” nº 2564, de 24 de junio de 1961.



