Crónicas Ultralocales por José A. Martinez Ramos

[2] “Pero henos lejos de Cádiz. Recobremos el armonioso contorno de su bahía y dirijámonos hacía Rota. Al pasar se pueden ver algunas baterías desmontadas. Poco a poco, antes de llegar al ancho paso por el que el Guadalquivir entra en el océano, va surgiendo de las aguas el escollo que soporta Rota. Este pequeño pueblo de pescadores y vendimiadores aparece, por el lado del mar, rodeado por una coraza de murallas que, aunque derrumbadas, conservan algo de ciclópeas. Por el lado de la tierra, esta defendida por el desierto donde a los productivos pero escasos viñedos le suceden, casi enseguida, las arenas erizadas de palmeras enanas.

El día en que fui de Sanlúcar a Rota apenas si encontré en el estrecho sendero a algún que otro jinete taciturno; cuando entré en el pueblo todos sus habitantes, agrupados en corros en los zaguanes, contemplaron mi calesa como algo inhabitual. El primer cercado que se observa es el cementerio, que es casi tan silencioso como la larga calle por la que se baja a Rota. La seguí hasta el centro de la ciudad. Una hermosa plaza plantada de árboles a la que se entra por una pintoresca arcada, las calles que se cruzan, y entremezclan con una especie de misterio oriental donde la yerba crece a placer, y una población dispersa que no muestra esa solicitud que a veces pone a prueba la paciencia del viajero, me recordaron ciertos pueblos del Norte de Italia. Italia reconocería como suya la iglesia de Rota, su majestuosa fachada, su atrevida bóveda, sus baldosas de mármol, sus capillas elegantes y ricas sin profusión. Mi imaginación situó sin esfuerzo algún drama histórico de la Italia medieval entre las cuatro grandes torres del castillo fundado por los duques de Arcos.

Paseando, llegué a una segunda arcada que conduce al mar. Desde el estrecho espigón que avanza entre las olas y separa dos pequeñas calas, una a la izquierda resguardada, siempre tranquila y pacífica, y la otra más ruidosa a la derecha, incesantemente atormentada por el choque de las olas contra las rocas. Rota mira a Cádiz y parece que lo tocara con un remo si quisiera. Pero el espectáculo de las riquezas ajenas no altera el corazón de sus pacíficos hijos. No sabrían conducir lejos la flotilla, que se balancea a lo largo del espigón y que sólo utilizan para ir a vender a la rica vecina el producto de sus tierras.

Dichas tierras están a una legua del Puerto de Santa María y a dos horas de Sanlúcar o de Chipiona. El roteño no se molesta en ir a ver si las viñas de otros son tan espléndidas como las suyas. El aislamiento al borde del mar, esta vida tan rústica frente a Cádiz, dan a Rota una fisonomía especial entre las poblaciones diseminadas al borde de la bahía. Es un reflejo de vida patriarcal. Rota es pobre, pero no hay amargor en su pobreza. Esta hombría de bien no es apreciada por todos, y los chistosos de los alrededores llaman al roteño el Beocio de Andalucía. La buena gente de Rota siempre ha sido objeto de burlas, epigramas y chistes. Más orgullosos de sus tomates que de su vino, se preguntan a veces por qué no los pondrán en el chocolate, y cuentan que un día, queriendo alcanzar el cielo (¿de dónde le vendría esa locura?) levantaron otra torre de Babel amontonando las cestas de junco en las que llevan los tomates al mercado. Ya casi rozaban la bóveda del firmamento, pero faltaba una cesta. ¿Dónde cogerla? Nada más simple: se retira la que sirve de base a todas las demás. Lo que sigue es fácil de imaginar. Rota quedó casi sepultada bajo las cestas; resurgió no obstante y dudo que cambie sus tomates y su vino por todo el ingenio de estas bromas.

Al investigar los orígenes de Rota, su historia no va más allá de la invasión árabe. Cuando, a mediados del siglo XIII, apareció por esta zona Alfonso el Sabio, dueño ya de una parte de la comarca, los moros de Rota no lo esperaron; abandonaron el pueblo que, a partir de 1264, pasó a ser español y cristiano. Desde entonces vivió tranquilamente, sin dar que hablar, bajo la protección de los duques de Arcos. Fue una de las siete villas cedidas a cambio de Cádiz.[3] En 1702, los ingleses se apoderaron de ella, la saquearon y durante 22 días la trataron como villa conquistada. Durante la guerra de la Independencia, los franceses, al descubrir su buena posición se establecieron en ella. Pero en la noche del cinco al seis de mayo de 1811, don Ignacio de Fonnegra los sorprendió en sus baterías que destruyó tras haberlos expulsado y enarboló de nuevo, sobre las torres del castillo, la bandera con los colores de España.[4] Aquella noche Rota recordó, sin duda con orgullo, la maravillosa culebrina que conservó largo tiempo sobre la muralla, que disparaba a gran distancia y que llevaba esta leyenda: “Quien a mi rey ofendiere / De aquí a tres leguas me espere”.[5]

La región de Rota alberga unas ocho mil almas, y produce una media anual de dos o tres mil toneladas del magnífico Tintilla que los estómagos delicados saben apreciar por su generosa dulzura.

Rota no engendró, ni vio salir de su pequeña bahía a la que llama su puerto a ninguno de aquellos célebres navegantes que añadieron un jirón de tierra a los dominios españoles en el nuevo mundo.[6] Pero vio nacer a Ramón Ruiz de Velarde, que escribió la historia de aquellos dominios. Debe haber en la memoria de los hombres un pequeño lugar para aquellos que cuentan sus conquistas: esos relatos son, a veces, lo único que queda de lejanas aventuras.

Antes de alejarme de Rota, dirigí, a través de una de las brechas de su muralla, una última mirada a Cádiz. El movimiento y el esplendor de la gran población, clareada en aquel momento por un rayo de sol, añadía encanto a esta villa apacible, solitaria y medio oculta en la sombra”.


  • [2] Nacido en Saint-Isséix en 1808 y fallecido en 1881 en Sceaux, Francia, Antonio Tenant de Latour fue preceptor del duque de Montpensier, hijo del rey Luis Felipe. Posteriormente, y debido a sus excelentes aptitudes, el duque lo nombró primer secretario cuando casó en 1846 con la infanta Luisa Fernanda, hermana de Isabel II, acompañándole en varios viajes. Tras la revolución de 1848, se trasladó con en la comitiva del duque a España y allí residió largos años interesándose por su arte y cultura. Cuando el duque, amigo de intrigas políticas, se vio forzado a marcharse de Madrid e instalarse en Sevilla y en Sanlúcar de Barrameda,  allí le siguió su fiel amigo y secretario. Fue muy amigo de la escritora Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero), con quien mantuvo una caudalosa correspondencia, y también se trató con Pedro Antonio de Alarcón y otros escritores. Consagrado al principio a la poesía, escribió después libros de viajes, algunos de ellos sobre España y en particular sobre Toledo y Andalucía; en ellos hay bastantes errores, porque el autor no presumía de erudito, pero era un escritor sumamente curioso, ameno y entretenido. Con ellos abrió las puertas al hispanismo francés de los posteriores Próspero Merimée y Luis Viardot.
  • El trabajo que aquí recogemos forma parte de su obra “La Bahía de Cádiz”, publicado por la Diputación de Cádiz en su colección de Ciencias Sociales, nº 3, traducción y notas de Lola Bermúdez e Inmaculada Díaz.      
  • [3] Disentimos cordialmente del autor. Rota se había incorporado en la casa de Arcos a partir de 1303 por boda entre don Fernán Pérez Ponce y doña Isabel de Guzmán.
  • [4] Por desgracia se trataba sólo de una maniobra de distracción para ayudar a las operaciones de la batalla de Chiclana. Las tropas españolas se retiraron rápidamente, llevándose consigo a todos aquellos que quisieron acompañarlos, mientras los que se quedaron hubieron de sufrir las represalias de un entusiasmo prematuro e intempestivamente expresado.
  • [5] El texto completo de la redondilla que, según la tradición, tenía grabada la dicha culebrina era:
  • “Quien a mi rey ofendiere / de aquí a tres leguas me espere.
  • Y si me aprietan los tacos / que me espere de aquí a cuatro”.
  • [6] No obstante, y además de las figuras de Bartolomé Pérez, compañero de Colón en el segundo viaje, el almirante Gutiérrez de Herrera y Gaspar de los Reyes, nuestra villa cuenta con una nutrida nómina de pasajeros y marineros que hicieron viaje a las Indias a lo largo de su historia. Aparte de esto, la fama de los tomates roteños demuestra el arraigo de la relación con América en estas latitudes.

Rota en la literatura