Crónicas Ultralocales por José A. Martinez Ramos

[7]“Entre San Lúcar de Barrameda, que despide al Betis, y la pulida Cádiz, que se abre paso entre las olas, como para ir al encuentro de sus escuadras, en una saliente elevación de terreno, se ha asentado Rota, pueblo que, aunque tranquilo y modesto, es de noble y antiguo origen, como lo atestiguan la historia y su magnífico castillo, perteneciente a los duques de Arcos, tan bien conservado y cuidado... que han pintado sus rejas de verde. Los seculares cantos sillares que forman los robustos muros del castillo, y el fresco verde casino con que han cubierto sus sólidas rejas, forman no sólo un contraste, sino una disonancia que las personas entendidas y de buen gusto comprenderán mejor de lo que nosotros pudiéramos decir.

Hacia el lado que mira al Sudoeste, esto es, el que hace frente al océano Atlántico, el elevado terraplén en que se asienta el pueblo desciende abrupta y perpendicularmente desde gran altura hasta la playa. Esta presenta el uniforme aspecto que da el mar a la tierra que lame; muertas arenas, alternativamente bañadas y abandonadas por las olas, en las que se busca con ahínco algún secreto del mar, algún triste vestigio de ignorado y solitario naufragio, pero en las que sólo se hallan inocentes y lindas conchitas; algunas estrellitas del mar, que perdieron la luz con la vida; espumas que, arrojadas por las olas que les dieron ínfulas y brillo, decaen mustias y deslustradas; pesadas y trasparentes aguas-malas metidas en su masa de flema cristalina, como la yema del huevo en la clara; pobre pólipo que no se sabe si está vivo o muerto, porque él es tan inerte en la vida como la muerte; algún torpe cangrejo que alza su deforme mole sobre sus delgadas patas, para correr con el esfuerzo y la desmaña del lisiado, que se vale de sus muletas; gran cantidad de algas, que escupen a la tierra las olas, que las desdeñan; algún pedazo de cordel o de servida madera, que no son pavorosas ruinas de barcos, sino sencillamente sus desechos, y un lindo arabesco que dibujan en la tersa arena las finas huellas de las gaviotas; esto es lo que componen esas playas que engarzan a España; campo neutro que no adorna la tierra y que no cubren las olas, siendo así suelo sin flores y cama de mar sin perlas.

A la izquierda del pueblo se entra el mar a pasear por la tierra, formando una ensenada, que haría un buen puerto a no tener tan poco fondo, que en la bajamar se queda en seco, y presenta una ancha extensión de negro y pedregoso cieno.

Cuando crece el mar, llega hasta las casas, guarnecidas de sus embestidas por una valla natural de piedras, contra las que baten y se agitan con violencia sus olas, como las pulsaciones de un corazón oprimido.

En la punta del triángulo que forma el pueblo está el muelle, y en él los faluchos que diariamente llevan las frutas y legumbres a Cádiz, y las barcas de los afamados pilotos, que van al encuentro de los ricos huéspedes de la bahía de Cádiz, para traerlos con la mano cuidando que no tropiecen.

Lo apartado que está Rota de todo camino, no siendo tránsito para ninguna parte; lo incomunicado que se halla con otros pueblos; sus ningunas pretensiones y lo poco que figura, le dan un sosiego y una índole tranquila y patriarcal poco común, sobre todo en puertos de mar.

Un pueblo campestre, sosegado y tranquilo, asentado a la orilla del mar, que le aturde con su gran e incesante ruido que le distrae con su inquieto y continuo movimiento, semejante al del siglo en que vivimos, y al que surcan atrevidos barcos, cada cual con su distinto gallardete, ya empujados, contrarrestados por las olas y las corrientes, como los hombres que actúan en la época presente; un pueblo en estas condiciones, nunca ha podido completar para nosotros el ideal de lo campestre. Simpatizamos más aquel que por horizontes sólo tiene campos de trigo y sus olivares, por ruido únicamente el canto de sus pájaros, el cacareo de sus gallos, el murmullo de sus árboles y el toque de su campana, y que por vecino más cercano sólo tiene otro pueblo a quien llama compadre.

La mar y la tierra con contrapuestas; como lo son lo tranquilo y lo agitado, la estabilidad y el movimiento, la seguridad y el peligro, como lo son lo que produce y lo que destruye.

No obstante, difícil sería hallar otro lugar más pacífico que Rota, y que tuviese habitantes más laboriosos o industriosos en agricultura, que es la industria genuina del país.

Todos los roteños tienen su tierra propia, que cultivan; porque hay pocos labradores en escala grande. La uva, el melón, la sandía y toda clase de legumbres, que son siempre tempranas y muy buenas, constituyen sus principales ramos de cultivo. Entre éstas sobresalen, por su tamaño, cantidad y buena calidad, las calabazas y los tomates, cuya abundancia ha valido a los roteños el apodo de tomateros; así como es igualmente notable la enorme cantidad de canastos puestos allí en uso para la traslación de sus cosechas.

Los andaluces, que como es sabido, hacen burla de todo, sin exceptuarse los unos a los otros, y que con este fin inventan una innumerable cantidad de cuentos, sobrenombres, chascarrillos y coplas, tienen un abundante repertorio, en que son víctimas los buenos roteños.

Entre los muchos sacaremos unos cuantos, no sólo porque nos parecen muy graciosos, sino también porque son una muestra legítima de la clase de chiste y del giro de ideas de este agudo e ingenioso pueblo andaluz.

En una ocasión quisieron hacer los roteños una función a su santo patrono San Roque. Con este motivo convidaron a un predicador de fama y a otros dos clérigos, que vinieron a hospedarse a casa del alcalde.

Averiguado por éste que lo que querían cenar sus huéspedes era chocolate, llamó a la cocinera y le mandó hacerlo.

-Pero ¿qué se le echa? -preguntó aturrullada la cocinera.

-Agua, - contestó su amo.

La cocinera se quedó suspensa, más acordándose que allí vivía una mujer que tenía fama de ser la mejor cocinera del pueblo se fue allá y le preguntó que como se hacía el chocolate.

- ¿Y que te ha dicho tu amo? -preguntó la profesora.

-Que lo haga con agua.

- ¿Con agua no más? -repuso la otra-, ¡Jesús! Sépaste, mujer, que quien le quita al chocolate el tomate le quita toda la gracia.

Tema que han puesto muy bien enversado de la manera siguiente:

Una señora fue a Rota

Para buscar cocinera,

Y la encontró desde luego;

Pero la advertía ella

Que no sabía guisar

Con tocino la puchera

Sino con pringue de olivo

Y con salsa tomatera.

Este es otro:

Los roteños se propusieron escalar el cielo con sus canastos. Al intento, los fueron poniendo unos sobre otros, de manera que pasaron a más alto de la luna y las estrellas. Sólo les faltaban uno para llegar al cielo, y ese uno no lo tenían, por estar ya todos colocados. Para no dejar por tan poca cosa de conseguir su intento, sacaron de debajo de todos el primero que habían puesto, con lo que todos los demás se vinieron al suelo.

A lo que acompaña la misma idea en verso:

Un roteño de los listos,

Sobre canastas quería

Subir al cielo, por ver

Si tomates allí había:

Más para llegar al cielo

Una canasta faltó,

Agarró la de debajo...

Y junto a Londres cayó.

Y este el tercero de una vieja de Rota se encontró en un camino con uno del Puerto, que venía cantado el romance del Gran Capitán, y ambos se encararon en el mismo momento que el del Puerto cantaba:

Aquella sangrienta espada

Que a los bárbaros de-rrota.

¡Los del Puerto serán los bárbaros, so tunante! - le dijo furiosa la vieja.

En cuanto al sinnúmero de coplas, sólo unas cuantas daremos por muestra:

No se ha podido saber,

Ni se sabrá a punto fijo,

Los borricos que hay en Rota,

Porque llegan a lo infinito.

 

Los roteños a sus novias

Acostumbran a regalar

Pepitas de calabaza,

Que son confites allá.

 

Un hombre sabio de Rota

Estaba pensando un día

Que si no hubiera tomates

El mundo se acabaría.

En fin, para concluir, hasta en la calamitosa época de los franceses. les sacaron ésta:

Si a Rota le apuntaran.

Las baterías,

Ella con sus tomates

Las hundiría.


  • [7] Fernán Caballero, nombre literario de Cecilia Bölh de Faber, nacida en Morges, Suiza, el 23 de diciembre de 1796 y fallecida en Sevilla el 7 de abril de 1877. Novelista y cuentista. Hija del erudito Nicolás Bölh de Faber, cónsul alemán en Cádiz. Educada esmeradamente en un liceo francés, se estableció en España en 1816 al casarse con A. Planell, oficial de artillería. Muerto éste, casó nuevamente con el marqués de Arco Hermoso, viviendo entre Sevilla y París. De esta época datan sus primeras obras, escritas en francés y alemán, ya que su dominio del castellano nunca fue completo. Al enviudar de nuevo se unió a A. Arrom de Ayala, del que le separaban bastantes años. El suicidio de su marido por causas económicas la sumió en un estado depresivo, recluyéndose para dedicarle a la literatura y a las prácticas religiosas. El texto aquí recogido corresponde al capítulo primero de su novela “¡Pobre Dolores!”, cuya acción se desarrolla en nuestra localidad.

Rota en la literatura